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« Platero es pequeño, peludo, suave;
tan blando por fuera, que se diría
todo de algodón, que no lleva huesos.
Sólo los espejos de azabache de sus
ojos son duros cual dos
escarabajos de cristal negro »​



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Nació en Moguer (Huelva), en 1881, en el seno de una familia de cultivadores y exportadores de vinos. Vino al mundo en la casa solariega ubicada en el número 2 de la calle de la Ribera, en donde transcurrieron los primeros años de su infancia hasta que, en 1887, su familia se trasladó a otra residencia ubicada en la calle Nueva (donde, en la actualidad, se halla la sede del museo dedicado al poeta por su villa natal).
Gentes y espacios de su infancia salpican la totalidad de su obra poblando, a partir de los recuerdos, un universo mágico transfigurado por el milagro de la poesía en estampas maravillosas, en las que Jiménez aparece siempre como un niño presumiblemente feliz: “Mi madre solía decir que, de niño chico, yo estaba siempre riéndome; que tenía una risa alegre, ancha, luminosa, agradable, que se contajiaba”). No faltan tampoco los textos en los que el poeta, retrospectivamente, da cuenta del carácter caprichoso y exigente del niño Juan Ramón.
Libros como Platero y yo, como Josefito, Figuraciones o como Entes y sombras de mi infancia, plenos de recuerdos, nos descubren a un Juan Ramón en el marco de una infancia feliz, propicia a la ensoñación y a la transfiguración imaginativa de la realidad y de los entes que la pueblan, entre los que ocupan un lugar destacado, las figuras de los padres del poeta: don Víctor Jiménez y Doña María de la Purificación Mantecón y López Parejo, que con su hablar le enseñó a escribir al poeta, hasta el punto que “la única persona que habla español, en español, el español que yo creo español, era mi madre, tan natural, tan directa y tan sencilla […] De niño, mi madre, bellísima, buenísima, perfecta, me reñía cariñosamente con pintorescos nombres, exactos como todas las palabras de ella, gráfica maravillosa, que son las de mi léxico: «Impertinente, Exijentito, Juanito el Preguntón, el Caprichoso, el Inventor, Antojado, Cansadito, Tentón, Loco, Fastidiosito, Mareón, Exajerado, Majaderito, Pesadito y... Príncipe»”.
A los once años fue alumno interno en el colegio de los jesuitas del Puerto de Santa María (Cádiz). Su infancia, según él mismo cuenta, está marcada por ventanas y puertas (“aquella casa vieja de grandes balcones”) por las que se asomaba a ver el mundo, la vida. El mundo real parece reducirse para el niño Juan Ramón a algo contemplado desde una ventana, desde la distancia: algo de lo que él no participa. En la Andalucía extremadamente clasista de finales de siglo, Juan Ramón tenía que ser un niño aislado, sin contacto verdadero con su ámbito externo: “De esos dulces años recuerdo que jugaba muy poco, y que era gran amigo de la soledad”. Tal inseguridad le durará ya toda su vida, y así puede verse en una carta a Juan Ramón de su prima María en que le dice que era “un niño de los que sabían ponerse enfermos a tiempo para salirse con todos sus gustos y ganarse todos los mimos y hacer siempre su santa voluntad”. Este permanente ensimismamiento del que apenas salía para extasiarse en la contemplación del campo y de la mar, forjó en su personalidad algunos de los principales defectos (como su sempiterna tendencia al egocentrismo) y virtudes (como la sutilísima capacidad de introspección, o la refinada plasmación de emociones provocadas por la contemplación de la belleza) que habrían de hacerse bien patentes en su vida y en su obra.
La presencia del mar supuso siempre una referencia de luz y de belleza: una maravilla más contemplada que vivida. Es inevitable ver en todo esto el germen de un futuro mundo poético: el mundo de un solitario y apasionado contemplador. De los sentimientos y emociones de su infancia, algunos perdurarán y se agrandarán hasta convertirse en obsesiones que habían de modelar una vida y una obra. La soledad, a que tan frecuentemente hace referencia, puede determinar el también tantas ocasiones señalado amor a sí mismo, la constante introspección manifestada en ese afán de anotar en cada momento la reacción emocional de su espíritu ante la belleza contemplada.
En su adolescencia accedió al grado de bachiller en el Colegio de los Jesuitas del Puerto de Santa María (Cádiz), donde empezó a tomar conciencia de su acusada vocación artística, orientada en un principio hacia la pintura. Con la intención de dedicarse en sus ratos de ocio a las artes plásticas, a comienzos del otoño de 1896 el joven Juan Ramón se estableció en Sevilla, donde, por imposición paterna, se matriculó en la Facultad de Derecho para cursar estudios superiores de leyes, aunque se interesó más por la poesía y la pintura —inicia su aprendizaje en este arte en un taller neoimpresionista sevillano—. La carrera, iniciada por imposición paterna, quedó sin acabar en este intento y en otros posteriores. De todas formas, el hecho de pertenecer a una familia acomodada libera al Juan Ramón adolescente de las preocupaciones y trabajos de “labrarse un porvenir”. La familia del poeta, “culta, tradicionalista y conservadora”, no se opuso a su vocación y le alentó en sus aspiraciones. Su decisión de dedicarse por completo a la poesía pudo tomarla porque la economía familiar se lo permitía y porque, ya en Sevilla, de adolescente, la lectura de Bécquer le había puesto en contacto con ella. Por la poesía había dejado sus estudios, contraviniendo la voluntad de su padre.
A pesar de esto, merced a la envidiable posición de los suyos, durante su infancia y juventud nunca se vio afectado por problemas económicos; antes bien, se vio favorecido por un constante respaldo financiero familiar que le permitió desarrollar libremente su quehacer literario, al tiempo que cubría generosamente sus gastos de manutención tanto en Sevilla como en Madrid, ciudad —esta última— a la que decidió trasladarse en 1900 para ampliar sus horizontes culturales.
En abril de 1900 se traslada a Madrid, donde vive un periodo de exaltado anarquismo. Este viaje se debe en parte a una invitación del poeta modernista Francisco Villaespesa, autor que había leído los poemas primerizos de Juan Ramón Jiménez (publicados en revistas literarias de Huelva y Sevilla) y las magníficas traducciones de Ibsen (1828-1906) que el joven poeta de Moguer había realizado en sus ratos de ocio, compartía con él su admiración por la poesía modernista de Rubén Darío (1867-1916), a la sazón instalado en Madrid como corresponsal del rotativo argentino “La Nación”. La tarjeta postal que Juan Ramón Jiménez recibió en Sevilla, en la que se le invitaba a viajar a la capital, venía firmada por Villaespesa y por el propio Rubén Darío, dos nombres que provocaron su inmediato traslado a Madrid. Publica sus primeros poemas en revistas y sus dos primeros libros: Nínfeas (1900), con título que le aporta Valle-Inclán; y Almas de Violeta (1900), título sugerido por Rubén Darío con quien se honró con su amistad.
A pesar de esta fulgurante irrupción en los foros y cenáculos literarios de la capital, el huraño, abstraído y melancólico Juan Ramón Jiménez fue incapaz de adaptarse al ajetreo de la gran ciudad, en la que cayó víctima de una grave neurosis depresiva que, con diferentes altibajos, habría de acompañarle a lo largo de toda su vida. Sólo resiste en la capital dos meses: “Me sentí muy enfermo y tuve que volver a mi casa.” Llegado el verano regresa a Moguer, en parte con el resquemor por los estudios de Derecho colgados, en parte por la enfermedad.
Su estabilidad emocional —de suyo tan frágil que le había impulsado, incluso, a visitar a algunos facultativos durante su estancia en Madrid— sufrió un golpe terrible a comienzos del verano de aquel mismo año, cuando el día 3 de julio falleció, repentinamente, su padre (“... inundó mi alma de preocupación sombría”). Desde ahora el temor a la muerte se convertirá no sólo en tema poético básico, sino también en un problema mental que irá acompañado de fuertes depresiones durante muchos años de su vida. Por esta enfermedad, que, aunque Juan Ramón nos habla de “embolias coronarias”, parecía más psíquica que física, en la primavera de 1901 recurrió nuevamente a la fortuna familiar para pagarse un tratamiento psiquiátrico en el nosocomio de enfermos mentales de Castell d´Andorte (en Le Bouscat, Burdeos), en donde pasaba consulta un afamado especialista en salud mental, el doctor Lalanne. Fue harto provechosa esta visita a Francia del débil e inestable Juan Ramón Jiménez, tanto en lo referido a su vida sentimental como en lo que atañe a su obra literaria: al parecer, aunque no se libró nunca de la preocupación derivada del saberse enfermo, descubrió gozosamente su talante enamoradizo y protagonizó varias aventuras amorosas que quedaron bien plasmadas en sus versos y que han sido profusamente documentados; y, por otra parte, aprovechó su estancia en territorio galo para leer con fruición la poesía francesa de finales del siglo anterior, especialmente, la de los autores parnasianos y simbolistas, a los que ya conocía en parte por haber servido de germen a esa estética modernista que tanto le atraía. Fruto de estas provechosas lecturas y de esas primeras experiencias eróticas que necesitó plasmar en sus versos fue su tercer volumen de poemas, publicado en Madrid bajo el abiertamente becqueriano título de Rimas (1902). El carácter enamoradizo de Juan Ramón Jiménez durará hasta que en 1913 conoce a Zenobia Camprubí, y estos continuos, intensos y frustrados amores quedarán maravillosamente reflejados en toda su primera etapa poética. Su sentimiento de enfermedad —“este corazón que no acompañaba a mis piernas”—, ya no le abandonará nunca. Pero fue precisamente la enfermedad la que le permitió dedicarse de lleno a lo que le gustaba: “Mi vida es todo poesía. No soy un literato, soy un poeta que realizó el sueño de su vida. Para mí no existe más que la belleza.”
A finales de 1901, se traslada a Madrid —residiendo voluntariamente en la clínica neuropática del Rosario, hasta 1903—, donde sigue curando su enfermedad y aumentando sus amistades y su creación literaria; vive también en casa del doctor Simarro, gran amante de la literatura, que le pone en contacto con la Institución Libre de Enseñanza, donde su libro Rimas —como ocurriera en todos los mentideros culturales de Madrid— había sido muy bien recibido. La publicación de Rimas en 1902 supuso un gran paso adelante en su carrera de escritor y su consagración en el ambiente literario madrileño. Consagrado, en fin, como una de las grandes revelaciones de la poesía española de comienzos del siglo XX, dejó patente su evolución desde el post-romanticismo becqueriano y el modernismo parnasiano hasta el simbolismo en su cuarta entrega poética, publicada bajo el título de Arias tristes (1903), y considerada unánimemente por críticos y lectores como su primera obra maestra. El modernismo de tendencia parnasiana cedía el paso ante el simbolismo. Arias tristes (1903) reafirma la naciente fama del poeta. En su privilegiada residencia (“sanatorio del Rosario, blanco y azul, de Hermanas de la Caridad bien ordenada. En este ambiente de convento y jardín he pasado dos de los mejores años de mi vida”), Juan Ramón Jiménez organizaba frecuentes tertulias literarias a las que asistían, entre otras figuras de las Letras hispanas del momento, los hermanos Manuel (1874-1947) y Antonio Machado (1875-1939), el dramaturgo Jacinto Benavente (1866-1954) y el ya citado Ramón María del Valle Inclán. Tras abandonar la clínica mental, ya supuestamente restablecido, vivió durante otros dos años en diversos lugares de Madrid (entre ellos, el domicilio del mencionado doctor Simarro).
Una nueva crisis le aconsejó regresar en 1905 a Moguer, donde, más retraído y melancólico que nunca, se enfrascó en la redacción de la que estaba llamada a convertirse en una de las obras maestras de la literatura universal: el volumen en prosa Platero y yo (escrito hacia 1906, pero inédito hasta 1914), libro en el que la acusada sensibilidad lírica de Juan Ramón Jiménez se pone al alcance de los lectores de toda las edades. A la vez continúa escribiendo poemas amorosos (“Mi vida es todo poesía. No soy un literato, soy un poeta que realizó el sueño de su vida. Para mí no existe más que la belleza”), inspirados en gran parte en el simbolismo francés, entre ellos uno de los más conseguidos: El viaje definitivo.
El trienio 1905-1907 es duro para el poeta: a la crisis psicológica depresiva se une el progresivo descalabro económico de la familia. Vuelve a Madrid en 1911, sobre todo por la insistencia de Ramón Gómez de la Serna, en cuya revista “Prometeo” habían ido apareciendo varios poemas suyos, pero del que se irá distanciando al atraerle más el ambiente intelectual de la Residencia de Estudiantes que los “juegos” vanguardistas de Ramón. Se instalará en la Residencia en 1913, convirtiéndose en uno de sus principales animadores. Como hemos dicho más arriba, conoce en 1913 a la catalana Zenobia Camprubí (1887-1956), de quien se enamora profundamente. Ella lo rechaza, pero Juan Ramón Jiménez insiste; le dice —mentiras de todos los enamorados— que todas las amadas de sus poemas son fruto de su imaginación y posiblemente le inspira el mejor libro de poemas de amor «raté» [término francés que se refiere a una tensión desarrollada por el amor, que generalmente no se refiere a las relaciones sexuales. En lugar de placer que podría esperarse, es una ilusión de amor como un dolor insoportable que provoca. Es frecuente en algunos poetas románticos o místicos que no conducen necesariamente a un alivio extático o a una fantasía erótica], que escribirá Juan Ramón Jiménez, Estío. Finalmente, como en tantos otros momentos de su vida, conseguirá su propósito, ya que la cultísima Zenobia le acepta.
Inspirado por esta arrebatada pasión, Juan Ramón escribió y publicó Estío (1915), un bellísimo poemario amoroso…

Se caerá tu corazón sin mancha
en mi desordenado sentimiento,
y, cual la luna en la mañana inmensa,
en mi oro se hundirá rosa no vista,
estando allí, de mi desnudo pecho.
…que, junto a la tenaz insistencia del poeta, acabó por
vencer la resistencia de Zenobia.


El año 1916 será decisivo para su vida y poesía: concertado, en fin, el matrimonio, la pareja viajó a los Estados Unidos en 1916 para celebrar su boda en la iglesia católica de St. Stephen, de Nueva York. Viajan juntos y Juan Ramón le promete el libro de amor más hermoso que se haya escrito, propósito sólo cumplido parcialmente en Diario de un poeta reciencasado (1916), ya que en este viaje el poeta redescubre el mar, que pasará a ser uno de sus más importantes símbolos poéticos, hasta el punto de que él mismo cambiará posteriormente el título a este libro por Diario de poeta y mar (1948), aunque más tarde recobró su título originario. El largo viaje transatlántico de ida y vuelta le deparó, en efecto, el “descubrimiento” del mar como fuente innegable de belleza y emoción poéticas, y de la absorta contemplación del vasto océano —en una viva reminiscencia de aquel mar onubense de su infancia— surgió su inmediato acercamiento a la “poesía pura”, a esa expresión sobria y depurada del lenguaje poético, entendido ahora como un código marcadamente intelectual, al que se accede antes por el pensamiento que por las emociones. Esta obra supone la frontera entre las dos grandes etapas en que suele dividirse su obra. Con él se abre el pórtico de la poesía pura y de la intelectualización de la lírica que origina la dificultad de ser entendida por muchos lectores. Al mismo tiempo entra en contacto con la poesía anglosajona, no en vano su mujer es la mejor traductora de Rabrindanãth Tagore, y pasa a ser un poeta reconocido y admirado.
De retorno a España, Zenobia y Juan Ramón siguieron viajando por el sur del país (Sevilla, Moguer...) y volvieron a visitar los Estados Unidos (Caldwell, Boston...), para acabar retornando a la España, donde fijaron su residencia en Madrid. El poeta andaluz ya era, por aquel entonces, una de las figuras más altas de la lírica española contemporánea, posición que consolidó definitivamente con otro poemario genial, Eternidades(1918), una de las obras que mayor influencia han ejercido en la poesía española del siglo XX. Inmerso en una febril actividad creativa, Juan Ramón Jiménez se había convertido en el mejor y más admirado animador de las Letras de su tiempo: alentaba o desprestigiaba
los nuevos movimientos literarios que florecían por doquier, intervenía en la fundación de revistas culturales (en muchas de las cuales daba a conocer sus nuevos poemas), apoyaba a los jóvenes poetas que buscaban en su magisterio un punto de referencia (entre ellos, los muchachos que pronto habrían de quedar englobados bajo el marchamo de “Generación del 27”), aconsejaba y prologaba la edición de numerosas obras de autores neófitos, y, simultáneamente, seguía produciendo una asombrosa poesía que iba quedando impresa en algunos volúmenes tan celebrados por la crítica y los lectores como Piedra y cielo (1919), Segunda antolojía poética. 1898-1918 (1922), (1923) y (1923). Pero el carácter de nuestro poeta es gratamente generoso, aunque no menos rencoroso. El homenaje a Góngora, en que se negó a participar, y unos equívocos sobre la colocación de uno de sus poemas debajo de otro de Unamuno le trajeron fuertes desavenencias con un grupo que, no sin razón, consideraba “suyo”. Tras su famosa conversación con José Bergamín, en la que intenta insultar, ante el enfado de éste, a los componentes del 27 como “mariconcillos de playa”, el distanciamiento se acentúa. El sevillano Luis Cernuda (1902-1963) —probablemente, uno de esos “mariconcillos de playa” a los que pretendió vejar Juan Ramón—, recordó al mismo tiempo la generosidad inicial y el rencor postrero del poeta de Moguer, y lo definió como “un Dr. Jekyll y Mr. Hide”. Otros hechos significarían la ruptura definitiva con el grupo. Uno de ellos fue el telegrama grotesco de Luis Buñuel y Salvador Dalí, enormemente cruel para un hombre tan sensible como Juan Ramón Jiménez: “Amigablemente. Te felicitamos por tu Platero y yo. Es el burro más burro de todos los burros que hemos conocido”. También la discusión sobre la poesía pura (tenida por él como única poesía posible) y los cambios políticos que trajeron una “impureza” a la poesía, concretada en el hecho de que sus antiguos “discípulos” tomaron en 1935 como nuevo maestro a Pablo Neruda para que dirigiera la revista “Caballo verde para la poesía”. Fue en esa revista donde el gran poeta chileno publicó su Manifiesto de la poesía impura, contrario a la poesía pura encabezada por Juan Ramón Jiménez . Neruda al pasar a convertirse en el nuevo referente de dicho colectivo generacional también se convirtió, por ende, en objeto de los ataques inmisericordes de Juan Ramón, que definió al chileno como un “grande poeta malo”, remedando burlescamente su peculiar estilo.
De 1921 a 1927 edita una serie de revistas en las que recoge parte de su obra en prosa y verso, además de dar a conocer la de otros escritores afines. De 1925 a 1935 publica sus Cuadernos, en los que da a conocer todo o casi todo lo que escribe en ese periodo. En estos Cuadernos, además de poemas, incluye cartas, retratos líricos de escritores y recuerdos literarios. Los seres humanos, casi inexistentes en sus poemas, son aquí observados con una penetración a veces malintencionada. Son figuras en que dibuja con hábiles palabras al mito del arte o la cultura. Coincidiendo con la publicación de sus Cuadernos, Juan Ramón Jiménez intensificó su actitud recelosa y solitaria.
Al margen de estas encarnizadas polémicas —tan frecuentes en los foros y cenáculos literarios españoles— otras desgracias mayores incrementaban la tristeza depresiva del poeta de Moguer. En 1928 había fallecido su madre, y aún no se había recuperado bien del desconsuelo que le causó esta pérdida irreparable cuando, en 1931, comenzaron a manifestarse los primeros síntomas del tumor canceroso que habría de acabar con la vida de Zenobia. A pesar de estas adversidades, Jiménez seguía enfrascado en la escritura poética, encaramado ya a un alto y solitario pedestal desde el que se permitió rechazar, en 1935, la invitación de la Real Academia para que ocupara una vacante.
Al estallar la guerra civil, el papel del poeta siempre estuvo a la altura de las circunstancias: abrazó la causa republicana, y acogía en su casa a los niños huérfanos, para cuyo cuidado destinó sus ahorros cuando abandonó España en agosto de 1936, al ser nombrado agregado cultural de la Embajada de España en Washington.
A partir de entonces, el triunfo del general Franco le llevó a quedarse definitivamente en América y a recorrer varios de sus países y universidades. Inició un largo periplo con Zenobia por diferentes lugares del continente americano, donde el poeta había alcanzado tanto prestigio literario como en España. El exilio tuvo que repercutir claramente en su obra, aunque él no fue nunca un hombre político —en el sentido estrecho de la palabra—. Es perfectamente comprensible que ese destierro le ayudase a separarse aún más de la realidad, a enclaustrarse en su mundo ideal, despreocupado ya totalmente de una realidad que, para facilitarle más su aislamiento, lo expulsaba lejos con su fealdad, con su inhabitable estructura social.
En 1939, el matrimonio de escritores se instaló en Nueva York, la ciudad que tanto les había unido, y a finales de aquel mismo año se afincó en Coral Gables (Miami), localidad que acabó dando título a una nueva colección de poemas de Juan Ramón (Romances de Coral Gables, 1948). Dos años antes de la aparición de este libro, coincidiendo con la publicación de otro poemario genial del escritor andaluz (La estación total, 1946), Juan Ramón Jiménez había sufrido otra violenta crisis depresiva que le había obligado a permanecer ingresado en un centro de salud por espacio de ocho meses. Tras haber impartido una serie de conferencias en la Universidad de Miami (Florida), marchó a Cuba y vivió un tiempo en La Habana, rodeado del cariño y la admiración de todos los poetas antillanos. Finalmente, ambos escritores fijaron su residencia en Puerto Rico en 1950, y un año después Zenobia Camprubí hubo de pasar por el quirófano para ser intervenida de una afección cancerosa que le había dañado la matriz.
Pero, a pesar de estas constantes recaídas y del progresivo deterioro físico de Zenobia, continuó viajando sin descanso por toda América, correspondiendo al afecto que se le mostraba en numerosos actos académicos y homenajes (como el que le tributó el senado uruguayo en 1948).En estos años escribe continúa escribiendo los libros más definitivos de su última etapa: Animal de fondo (1949), Dios deseado y deseante (1949) y el largo poema Espacio (1954).
El año 1956 tendrá para él una doble cara: la concesión del premio Nobel de Literatura y la muerte de Zenobia, hecho del que el poeta ya no se recuperará (la importancia de Zenobia en su vida es casi imposible de cuantificar, dado el carácter neurótico y depresivo del poeta). Dos años después, el día 28 de mayo de 1958, en una desolación total, fallece en Puerto Rico.






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Visión general
Aunque por motivos pedagógicos se divida la obra en etapas y se muestren las características de
cada una de ellas, son imprescindibles unas consideraciones previas a la hora
de efectuar dicha división. En Juan Ramón Jiménez, vida y obra vienen a ser
una misma identidad. Él no habla de su poesía, sino de su, con mayúscula, y comparando su labor con la de un dios. Creía en la unidad total de toda su producción, y para él “crear” era cumplir con su destino
humano; más aún: era lo único que daba y podía dar sentido a su vida, que justificaba y salvaba al poeta en sus momentos más críticos. Él mismo dijo: "La obra, como la vida, se resuelve sucesivamente.”
Hablaba de sucesión o de obra en marcha, y así, en efecto, hay poemas que se convierten en constantes,
se repiten con cambios en una vida y obra que son transición permanente; otros, en cambio, desaparecen en su obra posterior.
Hay un aforismo del poeta que muestra claramente esta imposibilidad de dividir su obra en libros
o períodos: “Libros, no; Obra.” Y así es, efectivamente; Juan Ramón
Jiménez tiene siempre presente su obra entera y, además, hay otro aspecto que
da unicidad a todo su sistema poético: su rigor estético, su sentido de “obra
bien hecha” que presidió siempre, como cualidad esencial, su trabajo, que —no
lo olvidemos— es la máxima justificación, por no decir la única, de su vida.
El proceso evolutivo de su obra está marcado por una fuerte tendencia a la interiorización y por
una búsqueda incansable y casi enfermiza de la expresión desnuda, hacia una
poesía pura que sea capaz de dar forma a sus inquietudes y experiencias
íntimas.
Sentada esa unidad global de su obra, hay que tener presente su evolución poética, con unas constantes (como la soledad y su sentido de perfección estética) que le llevaron en una primera época al cultivo de unos valores líricos elementales, con predominio del sentimiento, para, posteriormente, mostrar en su obra un deseo de plenitud o ansia de eternidad y, por último, un intento de penetrar en las cosas para remontarse a lo abstracto.
Hay unos textos de Juan Ramón Jiménez que han ayudado a dividir su obra en fases o periodos.
Didácticamente, el más conocido es el poema 5 de Eternidades:

Vino, primero, pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.
Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros...

¡Qué iracundia de yel y sin sentido!
... Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda...
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!


Pero este poema ofrece dificultades insalvables y, por tanto, sólo parcialmente puede
considerarse válido: no recoge ni Nínfeas ni Almas de violeta, libros profundamente modernistas y que el poeta dejó a Villaespesa en 1900, cuando volvió a su pueblo natal; el poema es, además, de 1918, lo cual significa que no pudo recoger la poesía que siguió creando durante cuarenta años más.
Los tres primeros versos se refieren, seguramente la la poesía simplemente sentida, sin que haya llegado aún la necesidad de su expresión literaria.Después, con el Modernismos, los elementos ornamenrtales:
“Luego se fue vistiendo
/ de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.
/ Llegó a ser una reina,
/ fastuosa de
tesoros...”, merecen la reprobación y el desprecio de su autor. Cuando va
depurándose, despojándose de adornos inútiles, de nuevo empieza a
entusiasmarle: “Y se quitó la túnica, / y apareció desnuda toda...” Es
entonces cuando el poeta cree que ha llegado a su meta: “¡Oh pasión de mi
vida, poesía / desnuda, mía para siempre!”.
Juan Ramón sentía un deseo tal de perfección que nunca quedaba totalmente satisfecho al terminar un poema;
soy un metamorfoseador sucesivo y destinado, decía el mismo. Ello
le lleva a corregir sin cesar sus versos, a revisar y transformar los libros
ya publicados. Cuando preparaba una edición compiladora de su Obra, dividida
por géneros, realizó diversos cambios en muchos de sus poemas. Antonio
Sánchez Romeralo ha llevado a cabo una edición antologizadora de la poesía
juanramoniana siguiendo los proyectos del propio autor: Leyenda (desde
1896 hasta 1956). En ella aparecen ya las nuevas versiones de los distintos
poemas recogidos. Los cambios realizados responden a ese afán de depuración y
sencillez que hemos señalado como una característica de la poesía madura de
este escritor.
La soledad como se ha visto, es uno de los puntos de unicidad de todo el
sistema poético de Juan Ramón Jiménez, de lo cual él era totalmente
consciente, tal como puede mostrarse cuando, a instancias de Gerardo Diego
(1932), para su famosa Antolojía Poética, intenta mostrar cómo su
evolución va presidida siempre de este sentimiento.

Primera época:
Cabe señalar en los primeros años la particularidad de Ninfeas y Almas de violeta, producidos en clave modernista no totalmente asimilada: Darío, Villaespesa, los Machado y Valle-Inclán le dedican poemas y artículos y le proponen títulos para sus libros. Pero se trata de una poesía que se vale aún de muchos tópicos de época sin darles un tratamiento particular: la mujer, el alma y los paraísos artificiales —escondidos tras imágenes como la sombra, el lago, el hombre enlutado y misterioso, el jardín y la carne— abundan en los versos de sus primeros libros. Luego, un periodo de predilección por la sencillez formal, motivado por la “influencia de la mejor poesía eterna española, predominando el Romancero, Góngora y Bécquer”, pero también del simbolismo (especialmente Verlaine), ligado biográficamente a su hospitalización en Francia. Finalmente, tras la primera época de euforia decadentista —que suele situarse de 1900 a 1907—, Jiménez no oculta su preferencia por el alejandrino desde Elegías hasta Melancolía (1908-1911), en el que halla el mejor medio dialéctico posmodernista: se trata de juicios autocríticos para descubrir los elementos que ha aportado el Modernismo para abordar el problema de la creación. En esta primera etapa abundan impresiones sensuales y un sentimentalismo reiterativo que se manifiesta en una atmósfera tenuemente musical, melancólica y vaga, en medio de un paisaje silencioso y sensorial, con gran énfasis en la coloración y el elemento pictórico. La descripción espacial y de lo externo sirve al poeta casi siempre como reflejo de su propio estado de ánimo o de su postura ante la vida y, por extensión, ante el arte.
Segunda época:
Se suele señalar como factor determinante para el cambio de estética tanto la vuelta a la capital como el
conocimiento de Zenobia y, además, la influencia de José Ortega y Gasset con quien había entramado amistad ya en el lejano año de 1902, más la confluencia ideológica motivada por el panorama intelectual de la época. Había surgido una nueva camada de escritores que pretendía abordar con profesionalidad lo que el fin de siglo había intentado con demasiado “lloriqueo”: la convergencia de España con la Europa contemporánea mediante la adopción de criterios modernos y antipesimistas. De esto resulta un gradual abandono del psicologismo paisajístico anterior para entrar al terreno metafísico expresivo, lo cual, a su vez, altera radicalmente la relación yo-mundo en la poesía juanramoniana. Si de la etapa primera destacábamos la importancia de lo pictórico, ahora los
referentes reales interesan en la medida en que sirven como elementos de un sistema simbólico superior. Tanto los Sonetos como Estío dan cuenta de la evolución hacia la poesía sencilla en el lenguaje y la forma pero a la vez problemáticamente intelectual en el fondo que culminará en el Diario de un poeta recién casado, que además se abre a las nuevas estéticas vanguardistas tempranas. La anécdota estructural externa del diario de viajes es trascendida a la búsqueda interior, no del alma modernista, sino de la famosa “inteligencia” que se preguntará por la realidad profunda, divina y perenne que se esconde tras lo obvio y material, denotado en títulos posteriores como Eternidades,
Piedra y cielo y La realidad invisible. En todos los casos, la conclusión es una afirmación de la palabra poética como salvación del yo y del mundo en un eterno presente contra el que nada puedan ni el tiempo ni la muerte. Las antologías Poesía y Belleza inauguran, además, el concepto de “Obra”, cuyo uso ulterior quedará asociado a la ansiada totalidad y unidad de sentido.
Tercera época:
Es en los últimos poemarios, que tuvieron una gestación mucho más pausada, donde se
define no sólo la ambición estética, metafísica y religiosa de Juan Ramón, sino donde además resulta imposible separar su estética de sus particulares afanes religiosos y de su metafísica. La estación total se plantea como el canto plácido del yo poético tras presentársele el todo, que tanto había
perseguido en la etapa anterior, en forma de conciencia plena de creación, en abstracto, y de la obra, en concreto. Como consecuencia, el yo poético llega a la certeza de que la muerte no supone un fin, sino una refundición con el todo. Así, siendo “visionario” y profeta de lo divino, pretende salvar su conciencia individual a través de la obra poética en la que se refleja. Animal de fondo unido después a Dios deseado y deseante son los libros más representativos de esta etapa.
A esta última, según testimonio de Aurora de Albornoz solía referirse como “suficiente”
o “verdadera”.
Su importancia como poeta es extraordinaria porque es un gran descubridor y forjador de nuevas
posibilidades expresivas. Fue capaz de crear recursos lingüísticos y estilísticos inexplorados hasta entonces. Con ello abre caminos a los jóvenes poetas de la generación del 27, que se acercaron a él atraídos por su gran prestigio, como a un verdadero maestro. Con algunos de ellos convivió en la
Residencia de Estudiantes, aún muy joven, en sus primeras visitas a Madrid. Toda su inteligencia, su
sensibilidad, su vida entera, la dedicó casi exclusivamente a lo que él llamaba «la Obra». Esta actitud de encierro en su “torre de marfil” lo apartó ciertamente de los problemas de la sociedad española. Pero no siempre: Su actitud en defensa de la República, firmando manifiestos, haciendo declaraciones públicas en la radio, albergando en su casa a niños huérfanos, lo que le llevó a la ruina y a tener que marcharcharse con su esposa a los Estados Unidos, en donde se le había ofrecido trabajo como profesor de
español.


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EL COLOR DE TU ALMA

Mientras que yo te beso, su rumor
nos da el árbol que mece al sol el oro
que el sol le da al huir, fugaz tesoro
del árbol que es el árbol de mi amor.

No es fulgor, no es ardor y no es altor
lo que me da de tí lo que te adoro,
con la luz que se va; es el oro, el oro,
es el oro hecho sombra: tu color.

El color de tu alma; pues tus ojos
se van haciendo ella, y a medida
que el sol cambia sus oros por sus rojos
y tú te quedas pálida y fundida,
sale el oro hecho tú de tus dos ojos
que son mi paz, mi fe, mi sol: ¡mi vida!







AMOR
No, no has muerto, no.
Renaces,
con las rosas en cada primavera.
Como la vida, tienes
tus hojas secas; tienes tu nieve, como
la vida...
Mas tu tierra,
amor, está sembrada
de profundas promesas,
que han de cumplirse aún en el mismo
olvido.
¡En vano es que no quieras!
La brisa dulce torna, un día, al alma;
una noche de estrellas,
bajas, amor, a los sentidos,
casto como la vez primera.
¡Pues eres puro, eres
eterno! A tu presencia,
vuelven por el azul, en blanco bando,
blancas palomas que creíamos muertas...
Abres la sola flor con nuevas hojas...
Doras la inmortal luz con lenguas nuevas...
¡Eres eterno, amor,
como la primavera!



EL VIAJE DEFINITIVO


... Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando:
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostáljico...
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.





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Acto realizado en el IES "Antonio Mª Calero" de Pozoblanco (Córdoba) organizado por los departamentos de lengua del IES "Los Pedroches" y del IES "Antonio Mª Calero" y coordinado por Don Francisco Onieva













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Aquí ponemos una serie de fotos de Juan Ramón Jiménez y su entrono para su disfrute





Este Trabajo ha sido elaborado por:
Javier Moreno Argudo y Alejandro Román Rein
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